6 años de espera para que todo se resuma a 20 segundos divididos en dos días.
Si, la emoción que se siente es bárbara e incontrolable hasta el punto que se convierte en nervios y el estómago empieza a a sonar. Sonará cliché pero se sienten hasta mariposas en el estómago. La verdad me divertí mucho, sobre todo en el momento de subir al estrado y no sólo pensar en que me iban a imponer la medalla y me entregarían el título, también pensaba "camina derecho, no te caigas, recuerda que estos zapatos están altos, cuidado con la madera que es resbaladiza".
Ese momento antes de sentirme graduada pensaba en lo ridículo que sería si me caía delante de todos mis compañeros. Por suerte todo salió bien y no me resbalé.
Al salir del aula magna con el título en mano fue un sentimiento inconfundible e irrepetible. Si, yo sé que ese momento es único y hay que disfrutarlo pero me pasó que lo disfruté de más y me siento orgullosa de todo lo que tuve que hacer para llegar a esos 20 adorables segundos que iban descontando en el momento que caminaba hacia las autoridades de la UCV.
Una emoción que muchos, en un determinado momento, viven y disfrutan. Lo mejor es que me pude olvidar del mundo y dedicarme a cerrar ese objetivo que me propuse cuando tenía 17 años.
Lo cumplí y ahora lo único que puedo decir es ¡Gracias UCV, me gradué!
